Diario de una confinada (día 36)

Salir

No es por nada, que a lo mejor sí. Ni por maldad, que a lo mejor también. Ni por esa cosa que llevamos dentro, que no sé si viene de nacimiento o te vas haciendo con ello, si es cosa de país o naturaleza humana. Esa cosa sí, la de saltarte a la torera o a la que sea lo que te mandan, una rebelión interna, como un ejército de neuronas en lucha, una parte del cerebro gritando con sordina haz lo que debes y la otra mitad del hemisferio diciendo anda ya. Que te da por pensar si en otros países será igual o pasará como con el Virus, que oye, o no le gustan tanto y por eso contagia menos o el recuento se lo han saltado como nosotros las normas.

Fue escuchar al presidente el sábado noche y ponerme ya a pensar. A pensar en cómo salir de aquí aprovechando un resquicio legal. Porque hijos, los que tenéis hijos pues os vais a la calle, sin eres, quiero decir, que podéis salir del confinamiento y empezar a desescalar. Que esto del Virus se ha convertido como una clase de geología. Que si estamos llegando al pico, que si ahora es una meseta, que a ver si se convierte en un llano y tú sólo ves el Llambrión, el Cerredo o Peña Ubiña delante de ti, que ellos hablan de desescalar y tú todavía estás en la pendiente. Cuesta arriba. Y casi mejor no pensar en el descenso que nos espera. Caída libre.

Pero claro, los que hemos llegado tarde a esto de tener hijos pequeños, qué. Y los que han pensado que lo ideal es tener un hijo o ninguno y han elegido lo segundo, qué pasa con ellos. Todos sin calle.

He pillado a una parte de mi cerebro tramando. Calculando la estatura de mi hija por si cuela. Inspirándome en Pocahontas para la trenzas, en Pipi Langstrump para las medias melenas, en una buena peluca si se necesita. En qué le diré a la policía si me pilla de esa guisa.

Escucho al presidente y digo, no puede ser casualidad que se llame Pedro, esto ya estaba previsto de antes, seguro. Estoy por pensar hasta que esto sí que es una confabulación y no lo del laboratorio chino. Pedro, así en la tierra como en el cielo. El que tiene las llaves. El que decide si sigo en el purgatorio o voy al paraíso. Si calle o callo. Ahora, que ya os digo, yo el día que me deje, no vuelvo a pisar mi casa en una temporada.

Madre mía si le gusta el sol. Al Virus, digo. Ay si le gustan las cañas o el vino, las playas y el chiringuito, hablar hasta la tantas, reír a carcajadas, romper el silencio en voz alta, quedar para comer y que se haga la cena, la brisa y el salitre, sestear en un prado, el pan bien amasado, el abrazo de una madre, caminar entre juncos, llegar a la orilla de un río, contar las ondas que hace la piedra, el viento del norte y la calma chicha, el olor que anticipa la tormenta, la lluvia mansa, el beso de despedida. Ay si le gusta nuestra cocina, y el arte, nuestros pintores, la música que hacemos, la arquitectura que ha construido nuestros pueblos y ciudades, lo que vivimos, las fotografías que vimos, lo que esculpimos, ay si le gusta la rima y las asonancias, nuestros paisajes, lo heredado, lo que somos y lo que fuimos. Qué será de nosotros.

Miedo me da que le gustemos. Que decida quedarse a vivir aquí. Que haya escalado tanto y ahora no quiera bajar. Y aún así, no cambiemos. Solo para mejor. Hasta mañana. Cuidaos mucho.

Susana Vergara Pedreira

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