Diario de una confinada (día 53)

Con una basta

Te llevaban engañada. Si no, de qué ibas a ir. Pero ya desde primera hora sospechabas que aquello ni era ni iba a ser lo que decían. Digamos que había ciertas señales de alarma. Por ejemplo, no había nadie en la calle. De tu edad, digo. Y luego, el lenguaje infantil con el que te hablaban. Que en la vida, vamos. Todo en diminutivos, para que la cosa pareciera diminuta.
Pero no, todo era enorme. Enormemente blanco. Para confundirte. Como si estuvieras en la antesala del cielo, pero era una sala de curas. La jeringuilla tenía tamaño real. Era eso, o te daban un terrón de azúcar bien amargo y te encajaban la quijada hasta que hubieras tragado. Lo peor era aquello de quién va a ser aquí valiente, que ni era pregunta ni afirmación, era una orden. Daba igual que el médico se echara un pitillo con tu padre, que entonces se fumaba en las consultas, sí, tardamos en entenderlo, y hasta compadreara con él como si fueran colegas de toda la vida. Allí estabas. Pero no engañada. Hasta querrías que tus padres fueran de esos anti, sí, querrías un mundo sin vacunas, que el rebaño te inmunizara. Al salir, si habías obedecido, en lo de cerrar la boca y callar, te compraban un helado. De chocolate. De premio. 
Engaño, sospecha, señal de alarma, nadie en la calle, diminutivos, todo va a ir bien, arcoíris, confusión, miedo, comprender… Como ahora. Un regreso a marchas forzadas a otro tiempo. Quizá eres valiente pero a veces, algunas noches, te gustaría llorar.
Ya ves. Vivimos era un mundo sin vacuna. Sin una. Lo que daríamos ahora por tenerla. Una. Esa. Y de premio, la libertad. Hasta mañana. Cuidaos mucho.

Susana Vergara Pedreira

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